Considerada una técnica ancestral en Chile y Latinoamérica, el tejido de la totora es un oficio que protege el medioambiente pero que cada vez cuenta con menos cultores dada la escasez de fuentes de extracción de esta ecológica materia prima.

El crecimiento y avance implacable de las grandes urbes trae consigo la depredación de valles, laderas y humedales rurales, qué duda cabe. Sin embargo, los coletazos de este fenómeno y su daño medioambiental, terminan por castigar también y de manera piramidal  a los emprendedores tradicionales culturales cuyos  rubros como la artesanía y otros oficios locales, por la paulatina desaparición de sus materias primas.

Marisel Rojas, es una artesana que trabaja hace más de 10 años en la extracción y elaboración de  productos en totora,  da fe del  problema. Oriunda de Puerto Cisnes, aprendió el oficio de su marido Ricardo Soto, y juntos decidieron dedicarse al tejido de esta fibra vegetal, considerada una de las tradiciones artesanales más arraigadas en nuestro país y Latinoamérica.

EL PROCESO DE LA TOTORA.

El trabajo comienza desde que se corta la totora, cuya extracción se realiza entre las estaciones de verano y otoño, para luego secarse por un período de 15 días. Una vez que la planta se encuentra en su taller, recién comienza la etapa de tejido para la  confección de portamaceteros, cestos, paneras, paraguas para plantas y demás pedidos especiales.

 

Ambos se iniciaron en el rubro como productores, pero con el tiempo el negocio familiar se amplió a la artesanía en totora, siendo hoy unos de los pocos que van quedando en la Región Metropolitana. Se establecieron en el Valle de El Noviciado, una zona rural al poniente de Pudahuel de importantes atractivos naturales para el turismo sustentable, y por cierto uno de los últimos lugares de la capital en donde aún es posible extraer la planta.

@totorasmarisel distribuye sus productos en su taller en el kilómetro 4 de Camino Noviciado, Pudahuel 56950492672 _Networker.cl

Como miembro de la organización “Turismo Rural Noviciado”, Marisel bien sabe del potencial turístico y medioambiental que tiene este recurso, así como del valor patrimonial de su oficio, que es considerado típico de la zona. “A diferencia de algunos artesanos, nosotros trabajamos con totora de temporada, es decir, no la almacenamos. Así permitimos que la planta se vaya regenerando y se protege el medioambiente, ya que la totora ayuda a limpiar y purificar las aguas de los canales”, comenta orgullosa Marisel.

Ricardo, quien además de esposo fue su maestro, lleva 25 años extrayendo la totora, oficio que aprendió a su vez de su hermano en una época en que abundaban los pajonales en comunas del sector poniente. “Con los años las inmobiliarias comenzaron a comprar los terrenos para la construcción de condominios, y ahora con la sequía no hay agua ni para los animales. Por ello es que cada vez uno debe ir más lejos a buscar la totora, en Santiago casi ya no hay”, sentencia. Pero por si esto no fuera desalentador, agrega que en un par de años más la materia prima – que es el sustento del matrimonio junto a sus dos hijas-, puede que se despida para siempre del sector.

Cultores de una actividad con un aporte cultural y patrimonial innegable, su oficio les ha significado más de una dificultad. A la fecha, Ricardo ha sorteado dos operaciones de hernia provocadas por el esfuerzo que implican las labores de extracción. Marisel en tanto, se las ingenia para mostrar su trabajo y ampliar la clientela a través de Facebook, ya que no cuentan con vehículo para trasladarse y participar en ferias, y se encuentran lejos del borde de la carretera, lo que imposibilita la captación de pasantes a quienes vender sus productos.

Pese a ello, ambos están empeñados en crecer y ampliar su oferta con una línea de totoras ornamentales. Así es como postularon al programa “Apoyo a Emprendimientos Innovadores Pudahuel 2019”, proyecto implementado por el municipio y ejecutado por Fundación Trabajo para un Hermano. De adjudicarlo, la pareja espera invertir en materiales como hilos, impermeabilizantes, y una máquina artesanal de tejido fino.

“El artesano depende de los que sus manos producen, y no de un empleador. Por eso hemos evitado vender nuestros productos a las grandes distribuidoras de artesanía, que vienen acá y nos compran a precios injustos que apenas justifican el esfuerzo de lo que hacemos”, señala Ricardo, convencido que de que si existe algo que ningún patrón puede pagar, es “la felicidad que te da el trabajo en familia y en compañía de tus hijos”.

“Las Totoras de Marisel” 

Distribuye sus productos en su taller en el kilómetro 4 de Camino Noviciado, Pudahuel, y a través de Buen Mercado de Fundación Trabajo para un Hermano. Para consultas y ventas, contactar al +56950492672 o al Instagram @totorasmarisel.

 

 

 

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